Crónica de un 8 de marzo


Sonó la alarma cerca de las 9:30 de la mañanase refregó los ojos aún en estado de somnolencia,observó los rayos de sol que se dejaban entrever por las cortinas y se levantó, emocionada pensó, “hoy es el día”. Se dirigió al baño para asearse y comenzó a vestirse, ¿para qué me voy a duchar, si probablemente tengamos que correr de los guanacos las lacrimógenas? -pensó hacia sus adentros-, por lo que se puso su ropa interior, luego aquella polera negra que siempre usa durante las manifestaciones feministas en forma de homenaje por todas aquellas que ya no están, y por último, los jeans y zapatillas más cómodos del clóset, para correr, puntualizó. Mientras desayunaba, comenzó a maquillarse junto a su hermana; un labial morado, unos brillos verdes en los pómulos y un delineado pintoresco, para resaltar su mirada. Por último, luego de engullir la avena con semillas y frutillas, se lavó los dientes y decidieron salir. “Chao mamá” -gritaron ambas jóvenes- “Chao, cuídense mucho”, respondió la madre. 

Era un día soleado y fresco. Camino a la estación de metro se percató de que los bocinazos y piropos habituales habían cesado y que además, la mayoría de las mujeres que iban caminando o manejandollevaban consigo las pañoletas e insignias feministas.Llegando a la estación Las Américas, los guardias de seguridad observaban con incredulidad a ambas muchachas quienes, con sus carteles y pañoletas que consignaban “poder femenino”, saludaron con una gran sonrisa de oreja a oreja. “Feliz día” -exclamó uno de los guardias- “Muchas gracias” -agradeció la mayor de las chicas- “pero hoy no estamos celebrando nada, hoy conmemoramos y continuamos la lucha”, exclamó la muchacha mientras subían las escaleras de la estación. Al arribar el metro, sintió un peculiar cosquilleo en el estómago la menor de las hermanas, al ver aquel vagón lleno de mujeres con pañoletas verdes y moradas, sintió un nudo en la garganta que no le permito, durante largo rato, vociferar los cánticos que resonaban al unísono. Luego de aquella conmoción que dejó estupefacta a una de las niñas, comenzó a gritar y a ulular junto al resto de mujeres

El viaje duró aproximadamente 45 minutos, de los minutos más memorables de sus vidas; cada estación estaba repleta de mujeres que iban camino a la marcha, mujeres que, como ellas, se hartaron del sistema que las oprime. 

Cuando llegaron a Valparaíso cerca de las 11:00 horas, se extendía a lo largo de la Plaza Sotomayor un mar de mujeres, todas con algún tipo de distintivo morado o verde. Eran miles de ellas, quienes, junto a sus amigas, hermanas, madres y compañeras, se unían en una sola voz. Una de las jóvenes saludó a una ex compañera del colegio con quien se encontró al llegar a la manifestación, pese a que durante la época escolar solo intercambiaron un par de palabras pocas veces, en ese espacio de sororidad y unión, la abrazó como a una amiga íntima a la cual no veía hace años. Se despidieron y las dos hermanas continuaron su camino. Se pusieron las capuchas de aquel rojo intenso, color sangre, de tela de lame, brillante, llamativa y viva; decoradas con unas rosas hechas de tul que coronaban la cabeza de ambas muchachas, con unas piedras decorativas alrededor del hueco horizontal en los ojos que les permitía ver.

Comenzó la marcha y a medida que iban avanzando la emoción en su corazón era cada vez más desbordante. Antonia, al encender su celular y ver la multitudinaria marcha convocada en Santiago, pero también la inmensa convocatoria de mujeres a lo largo de todo el país, presenciando aquel momento histórico, abrazó a Constanza y se tomaron de las manos, para no soltarse nunca más. Mientras miles de mujeres alrededor de ellas vociferaban junto al hastío y la rabia la consigna “el patriarcado va a caer”, aquellas hermanas se sintieron más vivas que nunca. 

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